Crece como una hiedra contra un muro de piedras, como una raíz que por su fuerza sale del fondo de las entrañas y se retuerce queriendo desprenderse de sí y del mundo.
Se inflama como llama en el viento, como incendio que quema los pensamientos, las ideas, los colores y lleva todo a su rojo anaranjado dejando sólo cenizas tras de sí.
Voz ronca, alarido y furor, eco de los ecos de voces apagadas o mutiladas en otros tiempos y espacios, gritos iracundos de miles de testigos acallados por la impunidad que roe la esencia de cada ser.
Se desboca como animal herido, acorralado frente al filo inesperado de la muerte; se corta, se lame, sangra desde lo profundo del dolor del que sabe que el tiempo llega a su fin.
Muro de piedras, llama en el viento, alarido y furor animal.
Así crece la ira y se inflama, se desprende y retuerce, quema e incendia en el grito de quienes son heridos por la impunidad de un morir sin palabras.
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