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lunes, 24 de enero de 2011

CUATRO PALABRAS

Sólo cuatro palabras. Una oración simple: Un verbo junto a un artículo que acompaña a un sustantivo con un adjetivo.
Tan simple como eso y tan complejo como llevarlo a cuestas a lo largo de la existencia. Tan liviano podría ser… ¿Cuánto pueden pesar cuatro palabras en una oración simple?
¿Qué peso neto indica la balanza?
¿Qué cinta métrica mide su dimensión exacta? Calcular su superficie, su perímetro en el espacio psíquico…
Conjugar el verbo en pasado, presente y un futuro que se perfila igual. Simple, claro, crudo.
Porque cuando lo escribo o lo pienso, el tener se proyecta con una sombra sobre el ser. Como una condena eterna, este tener es inquietante. Como si aún, con todos los intentos de aderezos, de cocinas a fuego lento o rápido, la crudeza de la realidad no dejara escapatoria más que unas palabras que intentan algún tipo de elaboración para el ser.
Lo inquietante y crudo es que no hay modo de modificarlo. Así fue, así es y así será. Sin condimentos, sin especias. Tampoco humo que nuble la conciencia ni alcohol que duerma los sentidos.
No hay salida, no hay evitación posible.
Las cuatro palabras por crudas, caen pesadas, indigestas. Dosis homeopáticas de sinónimos tal vez puedan calmar los cólicos, darle a los intestinos algo que modere sus efectos. Avena arrollada de consonantes, polvo volcánico de vocales que reestablezca la flora intestinal. Un poco de música o ritmo para que se muevan.
Son sólo cuatro palabras!, recuerdo. Con tanto diccionarios de definiciones y sinónimos, cuatro palabras son la micromilésima parte de nuestro código del lenguaje… 

Como conejos, las palabras se multiplican, el sentido se va deslizando, abriendo lugar a nuevas significaciones que me tiran una soga de la cual agarrarme para no caer en el vacío del sinsentido, de la imposibilidad de comprender por qué, siendo cuatro pequeñas palabras, no hay balanza en equilibrio que las contenga. 

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