Miró y se le ocurrió que la tarde en la calle tiene ritmo. O ritmos.
Que entre esos niños y la pelota hay compases, tiempos, cadencias...
Que las hojas de los árboles, en la brisa de primavera, los acompañan en sus saltos, patadas, rodillas o golpes de cabeza...
Que las hamacas también, en su vaivén surcan el aire al compás...
Y que el saco verde de la muchacha que pasa, entra sutilmente a la melodía para retirarse a un nunca más...
Todo es efímero y eterno, pensó. Hasta estas palabras que se desgranan en este atardecer porteño.
En pocas horas, caerá la noche con sus promesas y sus fantasmas.
Y todo habrá sido un instante, una fuga, en la vertiginosidad de su vida.
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