Nunca me gustaron las “mosquitas muertas”. Esas muchachas tan redondas y tiernas, aparentemente comprensivas o bondadosas, generosas e inocentes… Nunca me gustaron, sobre todo, porque tras observarlas bajo mi lupa analítica, un rasgo, algo que levemente se insinuaba en su rostro o en su mirada, rasgaba su aparente y dudosa benevolencia.
No, nunca me gustaron.
Será porque su vuelo me rondó desde pequeña, es que debo rendir este pequeño homenaje (o este exorcismo secreto e íntimo).
Tanto como aquellos momentos en los que vacía de pensamientos y automática, me dirigía al descanso de la escalera de mi casa y allí me instalaba, en la ventana, a hacer nada. Nada productivo, nada creativo. Nada poblada de todo.
Algo que ahora, varias decenas de años después, intento descifrar.
Veo pasar alguna que otra persona por el pasaje Eugenio Ramírez del barrio de la Agronomía, algún perro, gatos o pájaros en los árboles cercanos.
Pocos autos, tal vez calles pobladas de hojas de otoño en la vereda, esperando el atardecer de su vida y del día, el momento en que se elevarían en un humo sabroso.
Puede que estuviera sonando algún simple en el Wincofón, porque en esos tiempos, no se oía la musiquita de los celulares ni del Messenger avisando la llegada de algún mensaje… los sonidos eran menos y las imágenes también. El mundo estaba más limpio de cables y de ondas.
El descanso de la escalera aguardaba sus últimos tres escalones para llegar al hall de entrada. La ventana y su cortina calada de nylon era (ahora que lo pienso) tal vez un descanso para mí. Y para las moscas… que en paz descansen!
Ellas no sabían (y yo tampoco), que nuestro encuentro, marcaría su definitivo final. Que un gesto, un quedar atrapadas entre el vidrio y el nylon las dejaría bien muertitas. Que un cementerio se alzaría en el descanso como símbolo de mi impavidez infantil frente a las dagas de otras mosquitas, ni muertas ni mucho menos, que me atacaban por la espalda.
Bzzz…bzzzz….bzzz… qué rico olor a café con leche! Qué buen desayuno para nosotras…! Bzzz…bzzz…
Pero… qué está sucediendo? Qué son estos gritos? Una niña con guardapolvo, y sus trenzas con moños blancos planchados, que dice que no, que no quiere esta mañana tomar el café con leche. Y esa mujer que grita, desquiciada, que dice que sí, que lo tiene que tomar, que se apure, que basta, que lo tome… Pero, ¿qué hace? Agarró la taza y no es para tomarlo no… el café con leche es volcado íntegro en la cabeza de la niña… sus lazos y su delantal ahora chorrean, y la piel le quema, y su alma llora pero sus ojos no, no, sus ojos miran sin ver, sus manos tocan sin sentir, su nariz no huele, ni su cuerpo siente… no… sólo ve cómo unas moscas rondan y toman su desayuno con un eterno gusto a tristeza.
Tal vez fue a partir de allí que en mi alma se instaló la pena, un hondo lago sin reflejo ni fin.
El descubrimiento de que el ataque podría llegar en cualquier momento, de cualquier lugar, y de los seres más cercanos fue posterior. Y marcó un antes y un después.
Pero por estos tiempos, a pesar del derramamiento de café con leche, seguí creyendo que las mosquitas muertas no lo eran, que aún podía confiar en la bondad universal y que la única mala, era la “mala mandarina”.
Me escuchaba diciendo: “Yo soy buena”… “Sí, buena mandarina”…me respondía.
Nunca supe qué era la buena mandarina, pero sentía que la mala era yo, tal vez porque mataba a las pobres mosquitas o porque sentía crecer en mí el hondo lago, mezcla de tristeza, odio y perplejidad.
Nunca entendí por qué se llamaban “mosquitas muertas”. Por qué no “hormiguitas muertas”… o “lombrices muertas”.
¿Será porque las mosquitas parecen muertas, inertes, vacías de vida o sentido y no lo están? ¿Porque cuando uno cree que ya no levantarán vuelo, surgen desde abajo para volver a elevarse frente a nuestra impavidez frente a la vida, frente a la muerte?
Nunca supe qué sucedía con las pobres mosquitas que quedaban bajo la cortina de nylon. Si eran descubiertas, barridas y tiradas sin más a la basura, encontrando un triste final mezcladas con cáscaras de frutas, restos de envases, papeles y residuos afines.
O si, sorpresivamente, se iban volando a buscar otro destino, más atractivo y vital que un simple tacho de basura!
Mosquitas muertas… o no?
Si hubiera sido una “mosquita muerta”, nunca hubiera vuelto a devolver ese “pan lactal” de la despensa del barrio, esa tarde de los años setenta.
Había ido encomendada a comprarlo, solita, mi alma y yo, a unas cuadras de casa, sobre Avenida San Martín, cosa que en esos tiempos, era toda una odisea, un viaje a tierras conocidas pero lejanas.
El negocio estaba lleno de gente. Tal vez acompañaba al pedido de pan lactal una… “dánica dorada… era para untar… era para untar!”… Entre margarinas, algún que otro lácteo y otros menesteres tal vez de limpieza, se encontraba el objeto en cuestión. No sé aún por qué habrá sido que al hacer la cuenta, el hombre lo olvidó, o yo no lo mostré o ambas cosas… pero yo lo supe.
Y así, solita y sola como me encontraba podría haber sido una mosquita muerta más. ¿Quién imaginaría que tras ese rostro redondo, ingenuo y feliz se encontraba una “ladrona de panes”? Hubiera podido ser así, volviendo de regreso con mis compras y mi pequeño trozo de mundo conquistado secretamente sobre un negocio de la avenida del gran libertador de América. Qué ironía hubiera sido quedar esclava de mi conciencia moral…!
Pero no. Con mis cortos años, no pude ni quise hacerlo. Renuncié a esa picardía mal intencionada y volví a avisarle al cortés señor que de algún modo había quedado su pertenencia en mi bolsa, y yo sin pagarla!
No quise llevar sobre mí la vergüenza que me causaba mostrarme de un modo que no correspondía. Cuando contara su dinero el señor vería que sus cuentas no cerraban… monedas, billetes… o tal vez no. Tal vez él nunca lo supiera. Pero yo sí. Y no soportaba saber que por mi imagen y la confianza depositada, estaba traicionando a un desconocido. Hiriéndolo por su espalda, cuando él no se daba cuenta.
Renuncié al título (esa fue una vez) y volví feliz a refugiarme en mi pequeño espacio del hogar.
Pero lo cierto es que no siempre lo logré. Otras veces, sin quererlo, sin tener absoluta conciencia, como sucede en la infancia, el espíritu de la mosquita muerta descendía sobre mí como un manto de tiniebla que nublaba mi alma, dejándome el amargo sabor de mi propia traición y una mala sensación sobre mi persona. ¿Sería esa la “mala mandarina”?
Años de análisis me ayudaron a develar qué significaban esos actos, cursando una buena escuela, con su docente a la cabeza marcando como un director de orquesta, los tiempos de las traiciones y rencores. Buena escuela, pero por la suerte y por una conciencia cuidada con el esfuerzo de cada paso conquistado, me convertí en mala alumna pero muy buena observadora.
Como una especialidad, una lupa analítica de moscas, un microscopio con su lente infinitamente agrandada, me sirvieron de laboratorio para decidir, después sí, con absoluta conciencia en mi adultez, que podría tener la maestría de “Especialista en mosquitas muertas”, dejándome por fuera de las lentes, poniendo mi ojo del lado del observador.
Pero los setenta no fueron años tan fáciles y mucho menos los ochenta, para ubicarse de un lado o del otro.
Transitar la escuela secundaria defendiendo ideales sin quedar estampada (en el mejor de los casos) en la lista negra de los “sospechosos” o desaparecida o muerta (en el peor), no era tarea fácil, ni mucho menos.
Cualquier acto de reclamo o defensa de algún valor vinculado a la solidaridad, al cuidado del otro, a la conciencia moral, era catalogado, etiquetado y empaquetado para siempre, y todas las lupas y lentes microscópicas eran enfocadas junto con los reflectores de la sospecha. Y uno quedaba, como las mosquitas, pero esta vez sin la certeza de poder levantar vuelo otra vez.
Entonces, para esos tiempos de pegatinas clandestinas en los baños anunciando que “se va a acabar… se va a acabar… la dictadura militar…”, mejor sí, mejor que ser una férrea defensora de los derechos era quedar (que mi conciencia me perdone) del lado de las mosquitas muertas. Y es así como durante algunos años, tuve que serlo para no morir, para no sucumbir, para resistir sin quedar atrapada en una batalla en la que, los disparos venían de frente, los aplastamientos y la tortura eran reales, humanas, sin más metáfora que el dolor real en el cuerpo.
“Al patio, todas!”, sentenció el Vicerrector de la “Gabriela Mistral”, la secundaria ubicada en pleno barrio de Villa Crespo.
Sus palabras retumbaron en mis oídos como una sentencia. Me sentía descubierta y atrapada. La escena se desplegaba ante mí sin encontrar un modo de quedar afuera. No podía escapar. Las puertas estaban cerradas y controladas. Volar no era una opción posible, aunque qué bien hubieran venido un par de alas…!
A fuerza de no tener opción, formamos fila en el patio, una tras otra. Recé con todas mis fuerzas mientras la otra parte de mí ponía la atención en las palabras del Sr. Guló: “A la escuela se viene a estudiar… No a hacer política!!! Que sea la última vez que se atreven a hacer cualquier tipo de actividad política aquí!!! Si descubrimos quién ha sido la responsable de este macabro acto de pegar los carteles en el baño, será sancionada con todo el peso del castigo…” y bla bla bla…
Ya no pude escuchar. Me sentía amenazada, con los minutos contados. ¿Moriría aplastada, como mis mosquitas, bajo la tela calada de la intolerancia, la violencia y la brutalidad de los asesinos de turno? ¿Serían mis compañeras, una boca cerrada? ¿O la abrirían para devorar el agridulce sabor de la traición?
Temblaba, sudaba, no lograba estabilizar mis pensamientos en ninguna otra cosa que pasar el momento sana y salva.
Rogué a Dios que no me abandone. Que me perdonara por haberlo ignorado durante tantos años, por que no supiera (aún no) ningún rezo de ninguna religión. Le pedí que estuviera ahí, acompañándome hasta salir del enredo…
“Todas a las aulas!”, volvió a gritar la autoridad. Y una a una, ejército blanco de autómatas adolescentes, fuimos entrando en el aula. Y todo siguió como si nada. Y nada más fue dicho. Y esa misma nada se convirtió, para siempre, en un agradecimiento infinito hacia mis compañeras, que semana a semana, me escuchaban discutir, pelear y enojarme contra “las ventajas del capitalismo” que una pobre profesora intentaba insuflarnos en Economía Política del Comercial 16. Y también a Diosito que allí estuvo y me enseñó el valor del verdadero rezo. Aunque eso lo supe muchos años más tarde.
(Continuará...)
Cambiando de rumbo, de tiempo y de género, cabe preguntarse, a esta altura de las circunstancias ¿por qué mosquita muerta es mosquita y no mosquito? Por qué no es “mosquito muerto”, me pregunto yo?
Nunca, never in de laif, escuché decir: “se hace el mosquito muerto”, o “este es un mosquito muerto”…
Hay moscas… no moscos…
Hay mosquitos, pero esos son diferentes a las moscas, porque los mosquitos pican. Se acercan y uno ya sabe que algo malo (para nosotros, claro) van a hacer. No engañan, no parecen una cosa y son otra… No. Ellos vienen con su zumbido perturbador y ahí nomás vos sabés que si no los matás, te quedará la ronchita. Y pica que te pica. Y rasca que te rasca.
Y ahora, con el dengue, peor. Que si es el mosquito que vino de Brasil, viene con todo. A lo grande, como Pelé! Con enfermedad, tal vez con muerte y todo. Pero va de frente!
Por eso digo que no es el mosquito muerto sobre el que venimos reflexionando en esta ocasión.
La nuestra, la verdadera mosquita muerta, viene con ocultas intenciones.
Entonces… dónde estriba su peculiaridad? ¿En el género? En que pertenece al sexo femenino? ¿Por qué la cultura popular, que transmite los sentidos de generación en generación, ha puesto la función de la mosquita muerta sólo en nosotras y no en ellos?
(Continuará...)
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